Visto y no visto

Bienvenido, Míster Marshall (1953)

VISTO Y NO VISTO

Todo empieza y termina con una carretera polvorienta que atraviesa Castilla. La cámara, plantada en medio de un camino por el que pasa un coche al día, enfoca el horizonte hasta donde se pierde la curva. Casi todo lo que sucede en Villar del Río depende de lo que sucede al otro lado de la curva, en un fuera de campo de enormes dimensiones, grande como un país entero; un país entero fuera de campo.

Por eso no son pocas las veces que la cámara espera paciente a que algo asome al final del camino, con movimientos que recorren el espacio o se elevan por él como si fuera la conciencia del pueblo; como un anhelo, una búsqueda o un sueño.

Villar del Río vive a su ritmo, detenido en el tiempo igual que su reloj. La carretera, en cambio, concentra toda acción y movimiento. Por ella llegan las novedades —el correo, el Delegado, la gran Carmen Vargas…—; por ella llegarán los americanos, y por ella se irán después de pasar por Villar del Río sin detenerse, disolviendo las esperanzas del pueblo en una nube de humo.

Dicen que en Bienvenido Míster Marshall (Luis García Berlanga, 1953) ya se encuentran muchos de los rasgos que definirán el cine posterior de Berlanga, desde su uso maestro del plano secuencia, que en pocos años llegará a ocultar la presencia de la cámara por completo, hasta ese dinámico recurso narrativo con el que encadena varias escenas a través de un diálogo común, haciendo que el mismo tema esté en boca de todos, que una pregunta encuentre respuesta en el corte siguiente; que esa conciencia colectiva reverbere a través de los planos, y que la película no deje de moverse, con su anárquico grupo de personajes bullendo por todos los salones y despachos, coro inolvidable de tipos berlanguianos, entre protagonistas y genéricos,a quienes el director daría siempre la misma entidad.

Bienvenido Míster Marshall es una fábula, anclada, en parte, sobre el neorrealismo, aquel viento fresco que llegaba con cuentagotas desde Italia y que reveló a los estudiantes del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas que otro cine era posible además de la acartonada mascarada que predominaba en España en aquella época. Y si el neorrealismo abrió los ojos de Berlanga y Juan Antonio Bardem (coguionistas del film junto a Miguel Mihura), fueron ellos, a su vez, quienes inspirarían a los futuros cineastas del país a la hora de abrir nuevas vías para un cine crítico social y políticamente, ya fuera a través del humor y la sátira (como Berlanga), o a través del drama “testimonial” (como Bardem).

Lo mejor de uno y otro confluye aquí con un extraño equilibrio, y entre el folclore y la risa, surge también la miseria a través de los rostros de la España campesina, hambrienta y suplicante, vestida de negro y con la piel quemada por el sol. Breves destellos de verdad que la cámara recoge de forma casi accidental entre la multitud, a veces con brío soviético.

El gran carnaval que organiza Villar del Río parece la elección natural de un valenciano como Berlanga, de corazón fallero, amante de la fiesta y la pirotecnia; por eso y porque construir una farsa como la que idean las mentes pensantes del pueblo es un poco como hacer cine. Aunque el engaño nunca se hace por codicia, sino por mera supervivencia, ya sea convirtiendo un pueblo castellano en un alegre villorrio andaluz, o un decadente balneario en un enclave milagroso; en tiempos de vacas flacas el personaje berlanguiano no hace la revolución, hace la trampa; no es un disidente, es un pícaro. Aquí no hay una crítica al sistema, sino la asunción de que las cosas son como son, de que estas son las cartas con las que podemos jugar, así que de vez en cuando nos marcamos un farol.

Si en el momento de su estreno se percibió como una divertida comedia costumbrista (que lo es), razón por la cual pudo eludir la censura, hoy nadie duda del triste y patético retrato de posguerra que revelan sus imágenes; de que la española era una sociedad primitiva e inocente que escuchaba la voz del NODO con ojos asombrados y crédulos, confiando en que los Reyes Magos se acordasen de la mula y el tractor.

Con el alma en vilo y la banderilla en la mano, Villar del Río espera a los americanos atento a la señal del mozo que otea desde el campanario durante segundos interminables. Pero todo pasa rápido como un sueño, solo queda retirar el decorado y tirar el sombrero al suelo. La tramoya queda al descubierto como en el último día de un rodaje mientras por la carretera se van los últimos invitados.

Hoy podemos ver que al final de la curva no solo se encontraba España como un concepto que sobrevolaba en off todo lo que el pueblo ponía en escena, hoy, toda la carrera posterior de Berlanga se encuentra detrás de ese horizonte, aún por hacer, una filmografía que se volvería cada vez más crítica y oscura, más nihilista y desesperada en su retrato de la condición humana y de la sociedad española, radicalizando su humor cuando la nueva tolerancia empezó a permitirlo.

Andrea Franco. Crítica y programadora.