Una ópera prima de ascendencia beckeriana

Esa pareja feliz (1951)

UNA ÓPERA PRIMA DE ASCENDENCIA BECKERIANA

Esa pareja feliz, de Berlanga & Bardem

Tras unos créditos que nos sitúan en el contexto de la comedia popular de regusto neorrealista, Esa pareja feliz (Luis García Berlanga & Juan Antonio Bardem, 1951), el primer largometraje como directores de Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem, arranca con esa famosa secuencia que encierra toda una declaración de intenciones en su despliegue metacinematográfico. El protagonista, Juan (Fernando Fernán Gómez), trabaja como eléctrico entre bambalinas en un estudio en que se está rodando uno de esos dramas históricos de cartón piedra y encendido espíritu nacionalcatólico habituales en la época. A partir de un simple pero eficaz tono satírico (no tan alejado, por cierto, del de algunos gags de la posterior Cantando bajo la lluvia de Gene Kelly y Stanley Donen, 1952), los jóvenes directores marcaban distancias con la línea oficial del cine franquista desde un gesto de autoconciencia artística que anticipa una modernidad en ciernes presente a lo largo de todo el metraje.  Y en este inicio también se puede empezar a rastrear la poco reseñada influencia en esta ópera prima, por más que sus responsables siempre la reconocieron, de las comedias de Jacques Becker y en concreto de la memorable Se escapó la suerte (Antoine et Antoinette, 1947).

Antoine et Antoinette, de Jacques Becker

Porque la ruptura con el modelo cinematográfico franquista que supone Esa pareja feliz se manifiesta también a través de la pléyade de referentes a partir de los cuales Berlanga y Bardem, renuevan, dentro de las limitaciones de la época, cierto tipo de comedia popular. Más allá del peso de tradiciones propias como la del sainete, en la película se puede detectar el legado a grandes rasgos de cineastas estadounidenses como Preston Sturges o Leo McCarey; de la comedia popular francesa sobre todo de René Clair y Jacques Becker; y de las múltiples ramificaciones, de la más romántica a la más ácida, del Neorrealismo italiano. La conexión de Esa pareja feliz con Se escapó la suerte permite reivindicar también la práctica de este género, la comedia, por parte de Becker, un director más asociado al drama y al cine negro por obras maestras como París, bajos fondos (Casque d’or, 1952) y La evasión (Le trou, 1960).

La presentación del personaje de Fernán Gómez, de hecho, es típicamente beckeriana: conocemos a Juan en pleno ejercicio de su trabajo, en una secuencia que además lo sitúa claramente en la zona baja de la jerarquía laboral de la industria cinematográfica. Juan es un obrero del cine que, como el protagonista de Se escapó la suerte, se mueve por la ciudad en bicicleta, pero que aspira al ascenso social a través del aprendizaje autodidacta de la electrónica.

Una de las mejores comedias románticas de la historia, aunque no en la acepción que ahora ha tomado este subgénero, Se escapó la suerte despliega un retrato vital y luminoso de un matrimonio joven y todavía sin hijos que disfruta de su amor a pesar de los contratiempos económicos en una ciudad, París, que está recuperando su bulliciosa energía tras la guerra. La película francesa no incide tanto como Esa pareja feliz en esa constante de cierta comedia europea de la segunda mitad del siglo XX de plasmar la tensión entre las formas de vida más tradicionales de las clases populares y las nuevas dinámicas de una sociedad de consumo que se infiltra sobre todo en sus formas de ocio y entretenimiento. Berlanga y Bardem también perfilan las circunstancias de sus personajes con unos contornos más oscuros. Pero ambos films convierten al azar, en forma de lotería o sorteo, en el depositario de las aspiraciones de mejora social de los protagonistas, para acabar diluyendo su fantasía de creer que un golpe de suerte puede cambiarles la vida. En Esa pareja feliz, el proceso de abducción de los protagonistas por parte de la vorágine consumista se desbarata mediante recursos propios de la comedia como la sátira popular (ese número de cabaret sobre la “pareja feliz”), la dislocación (los protagonistas fuera de lugar en ciertos ambientes) y, sobre todo, esa tendencia al caos tan querida por Berlanga que imposibilita la cristalización de cualquier orden hegemónica.

Esa pareja feliz y Se escapó la suerte también comparten una visión de la clase trabajadora que no se articula desde lo político, pero si se desde una clara idea de experiencia colectiva a partir de, entre otros rasgos, difuminar la frontera que separaría la vida privada de los personajes con aquella común con el resto de la comunidad. En Esa pareja feliz, en el momento cumbre de su crisis, el matrimonio se desplaza en su escalada argumentaria de la habitación donde viven realquilados al comedor principal en que sus vecinos contemplan su trifulca cual partido de tenis. Aquí, el retrato colectivo cobra una textura más heterogénea y llena de matices gracias al rico plantel de personajes/intérpretes secundarios, en esa mirada coral que se convertirá en uno de los rasgos más definitorios del cine de Luis García Berlanga.

En el cine de Jacques Becker encontramos los personajes femeninos más modernos del cine francés de los años cuarenta y cincuenta. En Se escapó la suerte, Antoinette es una mujer trabajadora y con iniciativa, que controla ella misma los avances sexuales indeseados por parte de dos de los secundarios del film, y mantiene el sentido común mientras Antoine se obsesiona con la pérdida del billete de lotería. La comparación entre Antoinette y Carmen (Elvira Quintillá), la protagonista de Esa pareja feliz, permite medir las distancias todavía insalvables entre la representación del rol de la mujer en el cine español de principios de los cincuenta y el de una película francesa atravesada por la modernidad. Carmen es también una mujer laboriosa, pero trabaja como ama de casa, y resulta mucho más soñadora que su homóloga francesa. En la secuencia que tiene lugar en una sala de cine donde echan Tú y yo (Love Affair, Leo McCarey, 1939), el personaje encarna el prototipo de espectadora femenina de mirada pasiva que proyecta en las películas de Hollywood ciertas fantasías de una felicidad y un estatus que no puede alcanzar en el mundo real. Mientras que Juan, como espectador masculino, alardea de una mirada mucho más consciente a través de sus comentarios en voz alta sobre recursos técnicos de la puesta en escena.

En Se escapó la suerte, Jacques Becker utiliza la elipsis para implicar de forma obvia al menos en un par de ocasiones la vida sexual de los protagonistas como un elemento más de su rutina de felicidad. En Esa pareja feliz, los directores no podían llegar a tanto ni siquiera a través de la sugerencia. Pero resulta interesante cómo la única alusión al tema proviene del personaje de Carmen, justo en la secuencia que se desarrolla en el cine, cuando le reprocha a Juan que todavía no tengan hijos, como si su marido no estuviera demasiado por la labor. Cuando ya se encuentran en pleno carrusel de actividades promocionadas por el concurso de “Esa pareja feliz”, en el restaurante de cocina francesa Carmen se quita los zapatos recién adquiridos en un establecimiento de lujo y visiblemente incómodos para posar sus pies desnudos sobre los de Juan, en una de las pocas escenas de apunte erótico del metraje que además anticipa la del metonímico beso final. Aunque sea un personaje de mimbres más clásicos, Carmen comparte con Antoinette una determinación optimista y un encanto contagioso. Bardem y Berlanga supieron equilibrar perfectamente el coprotagonismo de sus dos personajes principales en un plano de igualdad no tan habitual en el cine de la época. Y, de la misma forma que una se pregunta por qué Claire Mafféi, que dio vida a esa modernísima Antoinette, no tuvo más suerte en el cine francés, tampoco lamentaremos jamás lo suficiente que no se le ofrecieran más trabajos protagónicos a la deliciosa Elvira Quintillá.

Eulàlia Iglesias. Periodista y crítica de cine y televisión.

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