Memoria, censura y erotismo: el MuVIM abre el Año Berlanga con una exposición sobre el cineasta

La conmemoración del centenario del nacimiento del director valenciano arranca con una muestra comisariada por Joan Carles Martí que ha contado con el apoyo del Ministerio de Cultura y del Institut Valencià de Cultura y que estará abierta al público hasta el 19 de septiembre de 2021.

© MuVIM. Foto Rafael de Luis

“Yo pensaba que lo más jodido de mi vida había sido la censura de Franco. ¡Pues no! Lo más jodido es la pérdida de memoria”. Esta frase de Luis García Berlanga bien podría dar la bienvenida a los visitantes que se acerquen a la exposición que el Museu Valencià de la Il·lustració i de la Modernitat (MuVIM) dedica al insigne cineasta valenciano en el año de su centenario, exposición que ha contado con el apoyo del Ministerio de Cultura y Deporte y del Institut Valencià de Cultura y que inaugura el calendario de eventos consagrados al director de El verdugo (1963).

La máxima berlanguiana resume el espíritu de una muestra didáctica, comisariada por el periodista Joan Carles Martí, en la que, precisamente, la censura y la memoria juegan dos papeles fundamentales. ¡Viva Berlanga!, título que remite al grito celebrador que profirieron buena parte de los asistentes a su funeral, es una suerte de contenedor memorístico que se aproxima a la figura del director no desde una óptica biográfica sino desde una perspectiva filmográfica. Se trata, pues, de que no nos alcance el Alzheimer histórico, de justipreciar el impacto internacional que tuvieron sus filmes, de reconocer su probado talento para vadear la hostigadora censura de la que fue víctima y que sintetiza aquella famosa sentencia atribuida a Franco (“Ya sé que Berlanga no es comunista; es algo peor, es un mal español”), o de redescubrir su vertiente erótica.  

¡Viva Berlanga! es una muestra aperturista en un sentido pedagógico. Tal y como señala el director del museo, Rafael Company, se busca no solo “restituir en su justa medida la originalidad del cine berlanguiano” sino también “dar a conocer su figura a aquellas generaciones más jóvenes que, teniendo en cuenta cómo circulan en nuestros días los flujos de comunicación de la historia cultural, desconocen la trascendencia de este valenciano en la historia del cine”. El objetivo pasa por hacerla apetecible tanto para el cinéfilo empedernido -que se topará, por ejemplo, con los planes de rodaje de Bienvenido Mr. Marshall (1953), Plácido (1961) o El verdugo (1963)- como para el público neófito. En ese sentido, es importante tanto la organización del recorrido como el diseño de la propia sala, obra de Raúl González-Monaj, que se abre con la llamativa falla ideada por Guillermina Royo-Villanova y construida por Latorre y Sanz que la Mostra de València dedicó al director en 2009 y que ha sido recuperada y restaurada para la ocasión.

La exposición casi puede estructurarse como una novela en cuatro actos, más un prólogo y un epílogo. El preámbulo lo constituye un breve montaje audiovisual que repasa y contextualiza la filmografía del autor, probablemente, junto con Joaquín Rodrigo la personalidad artística valenciana más influyente de la segunda mitad del siglo XX. La primera sala da la medida de lo que fue Berlanga: una vastísima colección de carteles, fotogramas y fotobustes procedentes de sus 17 largometrajes.

© MuVIM. Foto Rafael de Luis

Esta completísima selección de materiales de difusión procede, en su mayor parte, del fondo privado de Santiago Castillo París y encuentra su exponente más significativo en el segundo bloque de la muestra que, además de calibrar el impacto que tuvo una película como Bienvenido Mr. Marshall, reúne distintos carteles promocionales de Calabuch (1956), cada uno de un país distinto, lo que permite observar cómo las tendencias artísticas preponderantes en cada región influyen decisivamente en cada uno de los diseños, amén de acreditar la proyección internacional de un cineasta que logró que sus películas se vieran en Dinamarca y Suecia, en Estados Unidos y Argentina, en Rumanía e incluso en la Yugoslavia de Tito.

Por lo demás, en esta segunda sección se incluyen dos montajes audiovisuales que repasan, de un lado, la marca de estilo más notoria del cine de Berlanga, que no es otra que el uso del plano secuencia -se pueden ver fragmentos de El verdugo y Tamaño natural– y, del otro, las continuas menciones al imperio austrohúngaro en sus filmes, a la vez manifestación socarrona de una presencia autoral y cita talismán. Conviene no pasar por alto todo el material de atrezo que viste la exposición y que propone al visitante un paseo por el interior de las películas de García Berlanga: desde la entrada que recupera el imaginario de Bienvenido Mr. Marshall hasta la bicicleta que remite a París-Tombuctú (1999), su último largometraje. De entre estos elementos que rehúyen lo decorativo para añadir capas de contexto a la muestra destaca la réplica de un garrote vil, situado en la tercera de las salas. Este espacio, sobrevolado por la sombra de El verdugo, sintetiza los trabajos de investigación sobre la tortuosa relación que el realizador valenciano mantuvo con la censura y que han requerido de intensas búsquedas entre los expedientes depositados en el Archivo General de la Administración situado en Alcalá de Henares. Esos encontronazos con el organismo represor, la imposición del doble filtro que se aplicaba a las películas, que eran revisadas antes y después de ser rodadas, quedan expuestos a través de la reproducción de parte de los informes oficiales que expresan los motivos por los cuales películas como Los jueves, milagro (1957) o Plácido habían de ser prohibidas. El verdugo es, en ese sentido, una obra fundamental para entender como actuaba la censura espoleada por el franquismo: una película que, milagrosamente, vio la luz a pesar de los embates del sistema y que no perdió ni un ápice de ferocidad crítica pese a los cortes que impuso el tribunal censor. Además, la sala ofrece una jugosa rima entre la réplica del garrote vil y el cartel italiano de El verdugo, allí titulada Laballata del boia, en la que el mortal artilugio es sustituido por una soga puesto que, fuera de España, el garrote vil era un instrumento desconocido.

© MuVIM. Foto Rafael de Luis

El recorrido se cierra con el Berlanga erotómano, el de Tamaño natural y su muñeca de poliuretano, el impulsor de la colección de literatura erótica ‘La sonrisa vertical’, el cineasta “fallero y pirotécnico”, como él mismo se definió en el discurso que pronunció al ser nombrado doctor honoris causa por la Universitat Politècnica de València en 1997. Ahora bien, el punto final a la exposición lo pone un breve epílogo en el que se recoge, entre otros recortes de prensa, la portada que el XL Semanal dedicó al cineasta y a su familia, publicada un 14 de noviembre de 2010, justo el día después de su fallecimiento. Un guiño a la inmortalidad de un director que explicó España a través de sus películas. Así empieza el Año Berlanga.

*La exposición permanecerá abierta hasta el 19 de septiembre. Más información en nuestra agenda.

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