Berlanga: valiente, popular e independiente

El LABdeseries dedicó su penúltima sesión a analizar ‘¿Qué le deben nuestras series a Berlanga?’ con la presencia de los guionistas y directores Alberto Caballero (Aquí no hay quien viva, La que se avecina), Nacho G. Velilla (7 vidas, Aída) y Víctor García León (Vamos Juan, El vecino).

En la penúltima sesión del LABdeseries, el festival de series de Valencia, quedó patente que la herencia de Luis García Berlanga transciende formatos y modelos y se instala, como si el cachondeo fuese una lente de aumento, en una muy particular visión de un país y de una sociedad retratados desde una negrura paradójicamente vitalista. No resulta difícil observar una extensión de la mirada ácida sobre comportamientos carpetovetónicos que el cineasta valenciano vertió sobre personajes como el del padre Calvo (Agustín González) en La escopeta nacional (1978) en roles como los de Mauricio Colmenero (Mariano Peña) en Aída (Nacho G. Velilla, 2005-2015) o Antonio Recio (Jordi Sánchez) en La que se avecina (Albero Caballero & Laura Caballero, 2007-?), ni percibir su impronta en una teleserie como Vamos Juan (Diego San José, 2020), cuyo tercer capítulo rinde explícito homenaje a película inaugural de la Trilogía Nacional, misa incluida. De ahí que los creadores -totales o parciales- de estas teleficciones, Alberto Caballero, Nacho G. Velilla y Víctor García León coincidieran en que el legado berlanguiano radica, por encima de cualquier otra consideración, en su capacidad para retratar y entender la sociedad en la que vivió.

Para el director de Selfie (2017) o Vete de mí (2006), Víctor García León, el humor del director de El verdugo (1963) “es el que más nos representa. En España no conectamos bien con la sátira ni con la ironía, nos va más ese realismo descabellado que practica Berlanga, porque creo que sus ficciones se parecen mucho a la vida: de hecho, para mí lo berlanguiano no es tal cosa, es la manera que yo tengo de ver la vida, la vida se parece más a Berlanga que a Saura”.

En ese sentido, Alberto Caballero, quien declaró que junto con Jardiel Poncel y Mihura, Berlanga es su principal referente, abogaba por “cambiar el concepto de ‘españolada’, alejarla del tono peyorativo” y vincularla al nombre de Berlanga, “porque era lo que él hacía, una comedia popular que retrataba la naturaleza hispánica” aunque aquí los géneros populares como el sainete, tan admirado por el cineasta valenciano, “estén mal vistos”. Para calibrar la importancia del realizador de Los jueves, milagro (1957) no solo en la experiencia personal y profesional de los intervinientes, sino dentro de la historia del cine, cabría encadenar un par de afirmaciones: para Caballero, “la primera escena de comedia moderna que vi fue el final de Bienvenido Mr. Marshall (1953), cuando los americanos pasan de largo”, mientras que Nacho G. Velilla puso el foco en el cambio de punto de vista que incorporaban las películas de Berlanga con respecto a los estándares de comedia de la época; “en los tiempos en que en Estados Unidos se hacía alta comedia, optimista y centrada en las clases altas, Berlanga contaba todo lo contrario, las miserias de las clases bajas y eso nos ha dado una forma diferente de hacer comedia, de que en lugar de Friends hagamos La que se avecina.

Dentro de las múltiples variantes que presenta el espectro cómico, Víctor García León señaló que en nuestro país el abanico es más estrecho que, por ejemplo, en Estados Unidos, “aquí no hay espacio para hacer comedias ingenuas” a lo que Alberto Caballero apuntó que “fueron los directores europeos emigrados a Hollywood los que llevaron la mala leche al cine americano”, de hecho, como remarcó Nacho G. Velilla, “Billy Wilder está más cerca de Berlanga que del mainstream americano”. Sin embargo, los tres creadores coincidieron en que, hoy en día, es prácticamente imposible imitar el estilo del director de La vaquilla (1985), más aún en televisión, “porque esos largos planos secuencia en los que, como espectador, agradeces poder mirar donde quieres, son imposibles de hacer por meras cuestiones de producción”, explicaba Alberto Caballero, fan incondicional de la Trilogía Nacional al que le hubiera fascinado “que se hiciera una sit-com sobre el Marqués de Leguineche y Luis José”.

El guionista de El pueblo (2019) calificó a García Berlanga como “un valiente”, alguien que contaba historias “de feos que quieren ser ricos y que no quieren estar tristes” con finales como el de Bienvenido Mister Marshall “seguramente inaceptables para cualquier directivo de una cadena de televisión actual, que no quieren asumir historias difíciles de digerir”.

La valentía y la independencia del director de Plácido (1961) —“alguien que tenía un punto de vista muy claro al que siempre se mantuvo fiel” según Nacho G. Velilla— contrastan con las dificultades que experimentan hoy los creadores de comedia: “es un género un tanto demonizado, los directivos tienen miedo a no acertar, estamos peor ahora que hace 15 años” advirtió Alberto Caballero. Si Berlanga tuvo que lidiar con la censura, los guionistas del presente se enfrentan a una corrección política que da al traste con gags, secuencias enteras e incluso con títulos de episodios. “Además de pasar todos los filtros industriales, ahora los guiones pasan por un gabinete de abogados que se encarga de cotizar el coste de las posibles demandas por ofensas” exponía Nacho G. Velilla quien avanzó que esas prácticas habituales en la industria norteamericana, para la que realizador zaragozano ha desarrollado dos proyectos, ya se están instalando en nuestro país, condicionantes que no se aplican a otros géneros. La jornada se cerró con la proyección de Se vende un tranvía (1959), el piloto de una serie que iba a llevar por nombre Los pícaros, cuyo guion supuso la primera colaboración entre Luis García Berlanga y Rafael Azcona y que estuvo dirigido por Juan Estelrich. Aquí no hicieron falta bufetes jurídicos ni directivos miedosos, basto con la implacabilidad de la censura para acabar con un proyecto de una mordacidad intolerable para el régimen.

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