Erotismo de polietileno

Tamaño natural (1974)

EROTISMO DE POLIETILENO

En 1973 Luis García Berlanga estrena Tamaño natural (Luis García Berlanga, 1974), la historia de un dentista que compra una muñeca de plástico y decide entablar una relación con ella. Lo que al principio podría parecer una fantasía sexual (dos palabras que provocaron que la película estuviera prohibida en España hasta 1977), pronto trasciende el mero fetiche para escenificar el pensamiento del protagonista. El juguete se convierte en la sustituta de su esposa, en la mujer ideal: silente, sumisa, manejable, aunque no por mucho tiempo…

Michel (interpretado por Michel Piccoli) es un burgués parisino y casado que por supuesto no sufre apuros económicos y que podría llevar una vida tranquila. Sin embargo, da la espalda a la realidad y acaba encerrado en su apartamento con este maniquí articulado de medidas más que perfectas y dos pechos que la revista Playboy exigió que fueran exuberantes para poder entrar a producir la película. Al final aquel acuerdo se frustró y la muñeca se quedó con esa delantera que la hacía aún más artificial. Además de tener este diseño tan poco realista y un rostro especialmente inexpresivo, el juguete nunca llega a tener un atisbo de personalidad, de alma. No se adopta su punto de vista, es decir, la cámara nunca se pone de su parte y las supuestas conversaciones son un soliloquio tras otro de un hombre desesperado que se refugia en su imaginación. Por un lado, hacer de Tamaño natural una película sobre la cosificación de la mujer (o solo sobre eso) habría sido un movimiento poco audaz por parte de Berlanga, por evidente, por literal. Y ya no diremos de los coguionistas, Rafael Azcona y Jean-Claude Carrière… Por otro, considerarla una película erótica es demasiado generoso porque rápidamente todo queda teñido por una capa decadente y grotesca. El director, que unos años después presidiría el jurado de ‘La sonrisa vertical’ -el concurso de narrativa erótica-, sabía que cuando el patetismo entra por la puerta, la sensualidad salta por la ventana. A lo que asistimos, en conclusión, es a la degeneración de un tipo de masculinidad y a la incapacidad de este hombre para convivir consigo mismo.  

Un señor en plena crisis ¿de los 40, los 50? que se encierra en su apartamento para huir de sus responsabilidades, también de sus miedos, es comparable al niño que no quiere salir del cuarto para ir al cole. Pero no, no es el infantilismo del personaje lo que evidencia esa misoginia que tanto la crítica como el propio Berlanga han admitido en su cine. Es el pensamiento de fondo, mucho más perverso, el que pudo disparar las alarmas feministas de aquella época. En una entrevista concedida por Berlanga en 1974, el cineasta afirma que un hombre puede llegar a la soledad” (lo que para él es un posible origen de la misoginia) “cuando se considera victima de ese ser biológicamente superior que es la mujer”. Tanto Michel como otros personajes masculinos del universo berlanguiano perciben a la mujer como el enemigo, alguien que amenaza con doblegar sus deseos y someterle. ¿A qué concretamente? En El verdugo (Luis García Berlanga, 1963) es Emma Penella la que fuerza a su marido José Luis (Nino Manfredi) a aceptar un trabajo tan cruel por el bien familiar; en Vivan los novios (Luis García Berlanga, 1970) se presenta a la mujer directamente como una devoradora, y en Tamaño natural se recurre al plástico para huir del “terror vaginal” que sufren algunos hombres (entre ellos el propio director, según Antonio Gómez Rufo). Pero, aunque parecería fácil convivir y perderle el miedo a una persona que no puede llevarte la contraria, Michel poco a poco va perdiendo la cabeza… Tal y como ha apuntado Pilar Pedraza, el final de la película es revelador. Después de que los criados españoles roben el juguete para montar una orgía, Michel lo recupera y se lo lleva en coche. No tiene muy claro cómo actuar: “¿Qué hago yo contigo ahora? ¿Te devuelvo a Japón, te perdono o te hago puta y te chuleo, que en el fondo es lo que te gusta? ¿O acabamos esto como una bonita historia de amor?”. Nada más terminar la frase, Michel da un volantazo y el vehículo se hunde en el río Sena. Unos segundos después, el cuerpo de la muñeca reaparece y permanece flotando en la superficie. Desde el puente, otro hombre la observa, recogiendo el testigo voyerista que ha ido atravesando toda la historia. “Ella es un flotador, pero sólo para sí misma”, afirma Pedraza refiriéndose a la muñeca superviviente: “Ahí es donde reside el verdadero guiño misógino de Berlanga y Azcona (…) La mujer, a la que Berlanga llama “el tirano”, se las arregla para sobrevivir y seguir explotando al hombre. Es el parásito que no cesa, la víctima seductora que acaba con su verdugo sin perder la sonrisa”.

La película, coproducción entre España, Francia e Italia, fue mal recibida especialmente en este último país. Para cuando llegó a España, en el 77, quizá ya era muy tarde para causar revuelvo. Apenas unos años antes, en 1973, Pedro Olea sí pudo estrenar No es bueno que el hombre esté solo, con José Luis López Vázquez y otra muñeca de partenaire, así que en parte llovía sobre mojado. Una crítica de Tamaño natural publicada en ABC terminaba así: “El cine español ha cambiado, España también. Berlanga debía de darse cuenta de eso”. Es decir, que lo que en dictadura temían que fuera un escándalo, en la Transición ya parecía más bien una travesura algo trasnochada. ¿Y ahora? ¿Qué representa ahora Tamaño natural para nosotros? En su discurso de aceptación en la RAE, en 2017, Josefina Molina afirmó que para ella era “el film más claramente feminista del cine español”. Ahí es nada. Lo dice una cineasta que ha dirigido Función de noche, película que anula de raíz el placer visual de la cosificación femenina. “Nos enseñó a las mujeres su visión y nosotras la analizamos -explicó Molina-. Lo que hacemos nosotras es contemplarlo y tener nuestro criterio sobre su obra”. Bien es cierto que hay mucho en juego y demasiados temas sobre la mesa, empezando por la identificación entre el autor y su obra y ese resquemor del poso autobiográfico. Una cosa sí está clara: no porque el protagonista de Tamaño natural sea infantil hay que infantilizar a su público. Michel muere creyendo ser víctima de la mujer, mientras que la espectadora y el espectador comprenden que en el fondo Michel es víctima de sí mismo. Las películas nos retratan pero podemos contraatacar con nuestras interpretaciones.

Andrea Morán Ferrés. Crítica y docente.