Bajo el sol de la dictadura

¡Vivan los novios! (1970)

BAJO EL SOL DE LA DICTADURA

En mi idea del cine, que cabalga a medias entre el análisis preocupado por los estudios culturales y la teoría del cine como un arte termita (Manny Farber), resulta altamente bizarro situar a una figura como Berlanga. Cuando vi ¡Vivan los novios! (Luis García Berlanga, 1970) caí de forma patosa en el intento de engendrar un texto con retazos de lo dicho hasta la saciedad sobre su director y, por consecuencia, de anular mi punto de vista experiencial intentando encajarlo en ideas preconcebidas y teorías aprendidas.

Y puestas a ser honestas, Berlanga jamás ha sido parte de mi cinefilia. Ni de la configuración de mi pensamiento crítico. Es más, la figura del cineasta valenciano brilló por su ausencia en mi historial académico. Esta omisión revela indirectamente ciertas cuestiones sobre su alabada eternidad e infinitud. Y a su vez, y a título personal, desafía el concepto de que este ejercicio se trate de una “revisión”, puesto que dicha acción implica haber visto, pensado y estudiado con anterioridad el objeto que se pretende ahora repensar y deconstruir. Esto no ha sucedido.

Pronto concluyo que solo puedo entender una película como ¡Vivan los novios!, tan transparente en su satirización política como desorbitada y trasnochada en sus mecanismos de representación, si la miro a través de un periodo y un lugar muy determinados: situando mi visión en la idiosincrasia de su propio tiempo.

Como señala acertadamente Justin Crumbaugh en su libro Destination Dictatorship, en los llamados “años del desarrollo” del régimen, el boom turístico se convirtió en tema central del entretenimiento comercial español, puesto que el imaginario visual colectivo estaba repleto de imágenes folclóricas, que abarcaban desde inauguraciones de grandes hoteles hasta extranjeras en bikini recorriendo las playas de la península.

La comedieta playero-sexual de moda, de corte clásico y con vicios del cine español más casposo, donde el protagonista masculino representado por actores como Alfredo Landa, Fernando Esteso o Andrés Pajares, hacía estragos en las pantallas del desarrollismo. Casi dos décadas antes, el propio Berlanga ya había presagiado con gran intuición el espectáculo del boom turístico y la avalancha de películas comerciales relacionadas con dicho fenómeno al rodar ¡Bienvenido, Mr. Marshall! (Luis García Berlanga,

En 1969, cuando la estrategia socio-política de falso aperturismo del régimen trascendía el presagio y se hacía realidad, el dúo Berlanga-Azcona se halló ante la posibilidad de una estrategia de subversión que funcionara a la vez como entretenimiento comercial y como alegoría política, utilizando las lógicas estéticas del producto coetáneo para reducirlas desde su interior a la caricatura, probando así la sordidez del triunfalismo tardofranquista.

En ¡Vivan los novios!, película de múltiples contraposiciones, también entre la vida y la muerte, conviven las dos Españas en un mismo espacio-tiempo, la del boom turístico que combina la revolución del consumo con la revolución sexual, y la de la represión, encarnada en Leonardo (José Luis López Vázquez), un banquero de provincia que viaja a Sitges para contraer matrimonio con la dueña de un establecimiento de souvenirs. Dicha circunstancia lo empuja en su última noche de soltería a perseguir y a observar a las jóvenes turistas que habitan la costa mediterránea.

Las dinámicas y los comportamientos de Leonardo sirven a Berlanga para caricaturizar la figura del ciudadano español, absolutamente reprimido por la censura franquista y por las tradiciones más anacrónicas, inmerso en una supuesta modernidad que no persigue otro propósito que el de hacer amable una dictadura militar a ojos de las democracias liberales de occidente.

El punto álgido de este antagonismo de represión-hacia-el-interior y modernidad-hacia-el-exterior se produce en una secuencia en la que un cortejo fúnebre presidido por una figura negra de porcelana del niño Jesús perfora un encuadre apaciguado por el brillante sol y el agua turquesa y colmado de impasibles turistas europeas en bikini, convirtiéndose en el “punctum” barthesiano del paisaje.

En un breve repaso de su filmografía, Berlanga demuestra tener una idea de España mucho más ambigua y conflictiva de lo que suele indicarse, satirizando y denunciando, desde luego, los mecanismos más rancios del régimen, pero antagonizando constantemente con uno y otro bando. Esta indeterminación se hace eco en ¡Vivan los novios! cuando la burla despega desde la satirización de las instituciones españolas y aterriza sobre las cabezas de los propios turistas, al disponerlos en la imagen antes descrita como si fueran maniquíes apolíticos, totalmente pasivos bajo el sol ardiente de la dictadura.

Pareciera que Berlanga intentase reproducir de forma visual el ensayo La guía azul publicado por Roland Barthes en 1956, donde problematizaba la complicidad del turista que veraneaba en las playas españolas, “demasiado dispuestos a hacer oídos sordos a la política local siempre que pudieran disfrutar de una decoración encantadora y extravagante y de un cambio de clima bienvenido”.

Me permito aquí un pequeño sin embargo. Una vez entendida y analizada la obra de Berlanga como producto de su tiempo, me pregunto si su mirada crítica y su tan particular y valiosa idea del país, hoy paradójica y delicadamente actual, son suficientes para afirmar su vigencia. ¿Es el aspecto político de su discurso lo único que sobrevive en el tiempo? ¿Qué ocurre con sus mecanismos y formas de representación trasnochadas, tan intrínsecas a sus creaciones?

Berlanga construía en ¡Vivan los novios! una alegoría sobre la masculinidad frágil y el desarrollismo franquista, pero si para ello necesitaba apoyarse en la mofa con negros transformistas, suecas lesbianas o mujeres trofeo, lo haría sin tapujos y con la comodidad de quien se siente legitimado para hacerlo. Por muy contrario y alternativo que fuera a las líneas y discursos oficialistas, por mucho que denunciara ciertos resortes de la memoria histórica o por mucho que mostrara el ridículo de algunas instituciones sociales, sus caricaturizaciones extremas, para muchos estudiosos justificables y necesarias para subrayar la sátira, siguen siendo las del punto de vista de un hombre resignado y bastante conformado con su posición social.

Comenzaba este texto describiendo ideas generales sobre mi cinefilia. Mi mirada crítica se ha desarrollado en pleno auge de discusiones sociales que sirven para traer al centro todo lo que un día operó en los márgenes, en un tiempo que ha entendido que la representación y la política caminan de la mano. En el cine de Berlanga la conciencia política y la responsabilidad de representación caminan de forma resbaladiza, sin llegar a encontrarse. El posicionamiento hacia el cine es eminentemente generacional. Quizá por eso me resulte extraño mirar y entender su cine más allá de su condición de producto de su tiempo. Quizá por eso defiendo que hay representaciones a las que no ayuda el ejercicio de intentar eternizar.

Irati Crespo. Crítica, programadora e integrante de Z365 del Festival de Cine de San Sebastián.